Isabel II fue coronada reina en
1844, a la edad de 13 años. Durante su reinado, una época muy inestable para
España, existió una gran diversidad de fuerzas políticas. En el extremo más
conservador se encontraba el carlismo, formado por los partidarios de Carlos
María Isidro, hermano de Fernando VII, al que consideraban el legítimo rey. La
ideología carlista se caracterizaba por el ultracatolicismo y el absolutismo monárquico;
“rey por la Gracia de Dios y no por la gracia de la soberanía nacional (…) pues
la Escritura sagrada dice expresamente: todo poder viene de Dios”, afirmaba la
esposa de Don Carlos. Las bases del carlismo se encontraban en el clero, la
hidalguía rural y los campesinos, y, territorialmente, sobre todo en el País
Vasco y Navarra, cuyos foros se encontraban amenazados por el nuevo Estado
liberal. Los carlistas se levantaron en armas en tres ocasiones, y supusieron
una de las principales amenazas para el Estado liberal. Las guerras carlistas
empobrecieron y desangraron el país enormemente.
Dentro de los liberales, se
diferenciaban distintas corrientes: por un lado, los moderados, en los que se
apoyaron la madre de la reina, la regente María Cristina, y la propia Isabel
II, para poder hacer frente a las guerras carlistas. Los moderados buscaban la
consolidación del régimen liberal desde una óptica conservadora, buscando el
apoyo de las élites (aristocracia y jerarquía eclesiástica) e instituciones tradicionales
(Iglesia y Corona). Escribió Fernando Garrido en 1860 “no conceden sino a
medias el principio de soberanía nacional”; es decir, defendían la soberanía
compartida entre Corona y Cortes. Durante el reinado de Isabel, fueron los
moderados quienes detentaron casi siempre el poder. La Constitución de 1845,
moderada, fue la que estuvo en vigor durante casi todo el período. Establecía la
soberanía compartida (su Preámbulo comienza con “Doña Isabel II, por la Gracia
de Dios y de la Constitución de la Monarquía Española, Reina de las Españas”),
la unidad católica de España, el sufragio censitario, la supresión de la
Milicia Nacional y la designación real de entre las altas jerarquías de los
miembros del Senado.
Por otro lado, los liberales
progresistas, cuyas bases se encontraban en la burguesía y las clases medias
urbanas, buscaban la ruptura político-institucional con el Antiguo Régimen. “Parten
del principio de soberanía nacional, que colocan sobre todos los otros” y,
aunque eran partidarios de la monarquía constitucional, querían limitar los
poderes de la Corona más que los moderados. Frente al proteccionismo
arancelario y la limitación de la reforma agraria de los moderados, defendían
el librecambismo y el impulso a la desamortización de bienes eclesiásticos. La
costumbre generalizada de amañar los resultados de las elecciones hizo que los
progresistas muchas veces ni siquiera se presentaran, y solo consiguieron
llegar al poder mediante pronunciamientos militares. La preponderancia del
Ejército en la vida política fue tal que, de hecho, los líderes de los
principales partidos eran todos ellos generales (Narváez, moderado; O’Donnell,
unionista; Espartero, progresista). La propia Isabel II es coronada reina tras
la derrota de Espartero ante Narváez; y, tras una década de gobiernos moderados,
la sublevación dirigida por los generales Dulce y O’Donnell da paso al Bienio
Progresista, en el que domina la figura de Espartero. Tras esos dos años de
gobierno progresista, el general O’Donnell, de la Unión Liberal (partido entre
moderados y progresistas, aunque más cercano a los primeros) da un golpe de
estado a petición de la reina, y vuelven a sucederse gobiernos de carácter
moderado. En el periódico El pensamiento
de la nación aparece, en 1846, el siguiente comentario sobre el
intervencionismo militar: “el poder militar es fuerte porque el civil es flaco,
no tanto se debe pensar en abatir aquel como en fortalecer este; la fuerza del
poder civil será la ruina del militar”.
A finales del reinado, apareció
una escisión dentro de los progresistas: los demócratas, cuyas bases
pertenecían fundamentalmente a las clases medias y populares urbanas. Frente a
la importancia que daban los progresistas a la propiedad privada y la libertad
económica, los demócratas buscaban la conciliación entre la propiedad privada y
una cierta intervención estatal en pro de los más desfavorecidos, así como el
sufragio universal masculino. La mayor parte de los demócratas defendía la República.
El federalismo también comenzaba a cobrar importancia. El republicano Fernando
Garrido explica que “la democracia como régimen político quiere, en lugar de
rey, un consejo o junta federal compuesta por uno o más miembros por cada
provincia o Estado”.
Las posiciones republicanas fueron
ganando cada vez más apoyos entre la población, que sufría las consecuencias de
la crisis económica de 1866, al mismo tiempo que la reina se veía envuelta en
escándalos, tanto por su disipada vida privada como por su elevado patrimonio.
La monarquía, cada vez más desprestigiada, cae con la Revolución Gloriosa de
1868: las fuerzas militares mandadas por Prim, Serrano y Topete se sublevan en
Cádiz. La reina se vio obligada a exiliarse a París, y en España comienza el
llamado Sexenio Democrático.