martes, 12 de enero de 2016

El reinado de Isabel II (Composición)



Isabel II fue coronada reina en 1844, a la edad de 13 años. Durante su reinado, una época muy inestable para España, existió una gran diversidad de fuerzas políticas. En el extremo más conservador se encontraba el carlismo, formado por los partidarios de Carlos María Isidro, hermano de Fernando VII, al que consideraban el legítimo rey. La ideología carlista se caracterizaba por el ultracatolicismo y el absolutismo monárquico; “rey por la Gracia de Dios y no por la gracia de la soberanía nacional (…) pues la Escritura sagrada dice expresamente: todo poder viene de Dios”, afirmaba la esposa de Don Carlos. Las bases del carlismo se encontraban en el clero, la hidalguía rural y los campesinos, y, territorialmente, sobre todo en el País Vasco y Navarra, cuyos foros se encontraban amenazados por el nuevo Estado liberal. Los carlistas se levantaron en armas en tres ocasiones, y supusieron una de las principales amenazas para el Estado liberal. Las guerras carlistas empobrecieron y desangraron el país enormemente.
Dentro de los liberales, se diferenciaban distintas corrientes: por un lado, los moderados, en los que se apoyaron la madre de la reina, la regente María Cristina, y la propia Isabel II, para poder hacer frente a las guerras carlistas. Los moderados buscaban la consolidación del régimen liberal desde una óptica conservadora, buscando el apoyo de las élites (aristocracia y jerarquía eclesiástica) e instituciones tradicionales (Iglesia y Corona). Escribió Fernando Garrido en 1860 “no conceden sino a medias el principio de soberanía nacional”; es decir, defendían la soberanía compartida entre Corona y Cortes. Durante el reinado de Isabel, fueron los moderados quienes detentaron casi siempre el poder. La Constitución de 1845, moderada, fue la que estuvo en vigor durante casi todo el período. Establecía la soberanía compartida (su Preámbulo comienza con “Doña Isabel II, por la Gracia de Dios y de la Constitución de la Monarquía Española, Reina de las Españas”), la unidad católica de España, el sufragio censitario, la supresión de la Milicia Nacional y la designación real de entre las altas jerarquías de los miembros del Senado.
Por otro lado, los liberales progresistas, cuyas bases se encontraban en la burguesía y las clases medias urbanas, buscaban la ruptura político-institucional con el Antiguo Régimen. “Parten del principio de soberanía nacional, que colocan sobre todos los otros” y, aunque eran partidarios de la monarquía constitucional, querían limitar los poderes de la Corona más que los moderados. Frente al proteccionismo arancelario y la limitación de la reforma agraria de los moderados, defendían el librecambismo y el impulso a la desamortización de bienes eclesiásticos. La costumbre generalizada de amañar los resultados de las elecciones hizo que los progresistas muchas veces ni siquiera se presentaran, y solo consiguieron llegar al poder mediante pronunciamientos militares. La preponderancia del Ejército en la vida política fue tal que, de hecho, los líderes de los principales partidos eran todos ellos generales (Narváez, moderado; O’Donnell, unionista; Espartero, progresista). La propia Isabel II es coronada reina tras la derrota de Espartero ante Narváez; y, tras una década de gobiernos moderados, la sublevación dirigida por los generales Dulce y O’Donnell da paso al Bienio Progresista, en el que domina la figura de Espartero. Tras esos dos años de gobierno progresista, el general O’Donnell, de la Unión Liberal (partido entre moderados y progresistas, aunque más cercano a los primeros) da un golpe de estado a petición de la reina, y vuelven a sucederse gobiernos de carácter moderado. En el periódico El pensamiento de la nación aparece, en 1846, el siguiente comentario sobre el intervencionismo militar: “el poder militar es fuerte porque el civil es flaco, no tanto se debe pensar en abatir aquel como en fortalecer este; la fuerza del poder civil será la ruina del militar”.
A finales del reinado, apareció una escisión dentro de los progresistas: los demócratas, cuyas bases pertenecían fundamentalmente a las clases medias y populares urbanas. Frente a la importancia que daban los progresistas a la propiedad privada y la libertad económica, los demócratas buscaban la conciliación entre la propiedad privada y una cierta intervención estatal en pro de los más desfavorecidos, así como el sufragio universal masculino. La mayor parte de los demócratas defendía la República. El federalismo también comenzaba a cobrar importancia. El republicano Fernando Garrido explica que “la democracia como régimen político quiere, en lugar de rey, un consejo o junta federal compuesta por uno o más miembros por cada provincia o Estado”.
Las posiciones republicanas fueron ganando cada vez más apoyos entre la población, que sufría las consecuencias de la crisis económica de 1866, al mismo tiempo que la reina se veía envuelta en escándalos, tanto por su disipada vida privada como por su elevado patrimonio. La monarquía, cada vez más desprestigiada, cae con la Revolución Gloriosa de 1868: las fuerzas militares mandadas por Prim, Serrano y Topete se sublevan en Cádiz. La reina se vio obligada a exiliarse a París, y en España comienza el llamado Sexenio Democrático.

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